La historia del Sensō-ji, el templo budista más antiguo de Tokio
Tokio puede ser un desmadre, trenes llegando por todos lados cada minuto con una precisión impresionante y pantallas gigantes gritando ofertas que no necesitas, pero llegas al distrito de Asakusa, cruzas el Kaminarimon o “Puerta del Trueno” con su farol rojo de 3.9 metros colgando como si fuera el corazón de la entrada, y de pronto sientes que entraste a otro Tokio, al Tokio viejo, pero no al viejo olvidado, sino al viejo Tokio vivo, al que todavía huele a madera, a incienso y a comida caliente vendida en puestitos en donde venden un chingo de cosas, algunas raras, otras un poco más conocidas.
El camino hacia el templo Sensō-ji en Tokio, es una calle larga llamada Nakamise-dōri, lo que antes hubiera sido un camino lleno de espiritualidad y silencio hoy se encuentra lleno de tienditas donde venden desde dulces tradicionales hasta recuerdos que no sabías que querías comprarle a tu tía Juanita. Vapor saliendo de ollas, gente probando cosas rarísimas con palillos, japoneses caminando con calma, aunque todo alrededor esté lleno, avanzas entre ese río humano sabiendo que al final hay algo importante, aunque todavía no sepas exactamente qué.
Para ponerlos en contexto sin ponerme mamón: el Sensō-ji no es cualquier templo bonito para turistas. Es el templo budista más antiguo de Tokio, fundado en el año 628 D.C., cuando —según la historia— dos pescadores sacaron del río Sumida una pequeña estatua de Kannon, la diosa de la misericordia. Intentaron regresarla al agua varias veces y la estatua volvía a aparecer, como diciendo “aquí me quedo”. Entonces construyeron un templo para ella tan poderoso que sobrevivió incendios, terremotos, bombardeos en la Segunda Guerra Mundial y reconstrucciones, así que lo que ves hoy no es frágil ni decorativo: es resiliencia con techo rojo.
Para ponerlos en contexto sin ponerme mamón: el Sensō-ji no es cualquier templo bonito para turistas. Es el templo budista más antiguo de Tokio, fundado en el año 628 D.C., cuando —según la historia— dos pescadores sacaron del río Sumida una pequeña estatua de Kannon, la diosa de la misericordia. Intentaron regresarla al agua varias veces y la estatua volvía a aparecer, como diciendo “aquí me quedo”. Entonces construyeron un templo para ella tan poderoso que sobrevivió incendios, terremotos, bombardeos en la Segunda Guerra Mundial y reconstrucciones, así que lo que ves hoy no es frágil ni decorativo: es resiliencia con techo rojo.
Conforme iba avanzando, la explanada se iba abriendo mostrando la magnitud del templo, pero también mostrando a su eterna acompañante que siempre lo está vigilando, una pagoda de 53 metros de altura llamada Gojū-no-tō. El templo se siente intimidante y más cuando volteas hacia arriba y ves todas esas pinturas que guarda el techo convertidas en obras de arte. Y no es para menos, cualquiera se mostraría de esa manera si llevara siglos viendo gente maravillada pasar frente a él, turistas de todo el mundo y, por supuesto, locales muy en su papel, los cuales le lanzan una moneda, cierran los ojos, le hacen una reverencia y se toman su tiempo, a ellos nadie les dice cómo, nadie los guía, lo saben desde siempre, nacen con eso.
El ritual del humo: el Jōkōro
En el centro me topé con un incensario bien chingón llamado Jōkōro soltando humo espeso que por wey respiré de más y me causó una tos de tuberculoso que me purificó hasta el alma. La gente mete las manos, se pasa el humo por la cabeza, por la cara, como si fuera un spa espiritual gratuito. Dicen que limpia, que trae salud, que te quita lo que traigas cargando. Puede que sí, puede que no… pero sí me hizo sentir dentro de su cultura y creencias por un buen rato.
Y después de llenarme de humo, al ladito me encontré con la Chōzuya, o sea la fuente de purificación, en donde unos dragones me lanzaban agua como diciendo: tú no ocupas unas gotas, tú necesitas meterte completo mi rey. Agarré una tipo cazuelita, la llené de agua, bien fría por cierto, y me lavé las manos y la cara con mucha fe.
Y después de llenarme de humo, al ladito me encontré con la Chōzuya, o sea la fuente de purificación, en donde unos dragones me lanzaban agua como diciendo: tú no ocupas unas gotas, tú necesitas meterte completo mi rey. Agarré una tipo cazuelita, la llené de agua, bien fría por cierto, y me lavé las manos y la cara con mucha fe.
Las omikuji y la suerte en Japón
Se siente raro —chido— estar ahí. Sabes que a unos pasos hay estaciones de metro, rascacielos, tecnología absurda, cafés con robots y cruces peatonales que parecen coreografía. Pero ahí dentro, el sonido es distinto: pasos, murmullos, campanas, madera crujiente, viento pegando en el rostro. Tokio sin prisa, aunque saturado de personas pero con respeto.
Y por último te encuentras con las omikuji, son unas cajas de madera con un chingo de cajoncitos numerados los cuales dentro contienen unas hojas con tu suerte, “como una galleta de la suerte, pero sin crunch ni moronas”. El rollo está así, vale 100 yenes y nadie te está cuidando, esa banda confía en la honestidad de la gente, una vez que depositas tu monedita, agarras un recipiente que contiene baritas numeradas, lo agitas, sacas tu barita, buscas el número del cajón que te tocó y sacas tu papelito de la suerte, si te toca buena suerte te lo llevas y si es mala suerte lo dejas amarrado por ahí para simbólicamente dejar la mala vibra.
Y por último te encuentras con las omikuji, son unas cajas de madera con un chingo de cajoncitos numerados los cuales dentro contienen unas hojas con tu suerte, “como una galleta de la suerte, pero sin crunch ni moronas”. El rollo está así, vale 100 yenes y nadie te está cuidando, esa banda confía en la honestidad de la gente, una vez que depositas tu monedita, agarras un recipiente que contiene baritas numeradas, lo agitas, sacas tu barita, buscas el número del cajón que te tocó y sacas tu papelito de la suerte, si te toca buena suerte te lo llevas y si es mala suerte lo dejas amarrado por ahí para simbólicamente dejar la mala vibra.
Si vas a Tokio, tarde o temprano vas a caer en Asakusa. Cuando lo hagas, no te quedes solo con la foto del farol gigante para demostrar que estuviste ahí. Camina despacio, huele el incienso, observa a la gente, quédate un rato sin hacer nada. Porque a lo que no se le toma foto también es parte del viaje.
Lo chido
— El templo Sensō-ji en Tokio es historia viva: más de 1,300 años condensados en un solo lugar.
— El ambiente mezcla tradición japonesa real con energía turística sin perder autenticidad.
— La calle Nakamise está llena de comida y souvenirs que sí valen la pena probar.
— De noche se ve espectacular y hay menos gente.
— Está en pleno Tokio, fácil de llegar y perfecto para combinar con otros puntos de Asakusa.
Lo gacho
— Siempre hay mucha gente, especialmente de día y en temporada alta.
— Algunas tiendas venden lo mismo repetido, puro souvenir clonado.
— En verano el calor y la humedad pueden ser brutales.
— Si esperas silencio absoluto tipo templo en montaña, aquí no es. Es espiritual… pero urbano.
Redacción Jonathan J.N.
Checa el video del templo sensō-ji en Tokio dando click aquí.
Descubre más destinos dando click aquí.
— El templo Sensō-ji en Tokio es historia viva: más de 1,300 años condensados en un solo lugar.
— El ambiente mezcla tradición japonesa real con energía turística sin perder autenticidad.
— La calle Nakamise está llena de comida y souvenirs que sí valen la pena probar.
— De noche se ve espectacular y hay menos gente.
— Está en pleno Tokio, fácil de llegar y perfecto para combinar con otros puntos de Asakusa.
Lo gacho
— Siempre hay mucha gente, especialmente de día y en temporada alta.
— Algunas tiendas venden lo mismo repetido, puro souvenir clonado.
— En verano el calor y la humedad pueden ser brutales.
— Si esperas silencio absoluto tipo templo en montaña, aquí no es. Es espiritual… pero urbano.
Redacción Jonathan J.N.
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