Dresde y el arte que sobrevivió al infierno
Pegaba machín el sol, pero el aire frio le decía quítate que ahí te voy. Caminaba por las calles empedradas pensando ¿Por qué todas las pinches calles de Europa tienen el mismo tipo de piso?, esos cuadritos mamones que la neta me encantan por que se ven como antiguos y elegantes, pero a la vez relajados y que combinan con todo, talvez lo agarraron todos en el mismo outlet en ofertón, pero bueno, de pronto apareció ante mí el majestuoso “Fürstenzug”, el famoso Mural de los Príncipes. Cien metros de pura historia en porcelana: más de 23 mil azulejos de Meissen, alineados como si los hubiera puesto un robot con Trastorno Obsesivo Compulsivo.
La historia del mural de Dresde
No muchos saben que fue originalmente pintado entre 1871 y 1876 y se creó para conmemorar el 800 aniversario de la dinastía Wettin. El mural original fue reemplazado en 1907 por el mural de azulejos de porcelana que existe hoy, el cual representa una procesión de los gobernantes de Sajonia a caballo. Cada figura es perfecta, reyes, soldados, caballos y aunque no se mueven, neta que hay algo en sus ojos que parece que te miran en donde te pongas.
Me recargué en una pared y me quedé observando, turistas, locales, parejas caminando, y sí, también cabelleras rubias moviéndose con ese aire alemán impecable, encandilando con el reflejo de los azulejos y como si el viento las peinara en cámara lenta. Solo pensaba en que ese mural es un acto de resistencia disfrazado de arte. La ciudad fue destruida casi por completo durante la Segunda Guerra Mundial, pero el mural sigue ahí, firme, como diciendo: “Podrán bombardearnos, pero no borrarnos.”
Mientras las luces de los cafés se reflejaban en fachadas que tienen siglos de historia, y el sonido de las campanas se mezclaba con los anuncios electrónicos de las paradas, yo le caí a Vapiano, un restaurante italiano, y ya se que van a pensar: este mamón anda en Alemania y entrándole a la comida italiana, pero la realidad es que entre tantos carbohidratos que se mastican por allá no sabes para donde correr y bueno opté por cambiarle un poco. Total que este lugar está con madre, impregnado de aroma a ajo, pasta de tomate y albahaca que te despierta la solitaria que llevas dentro, práctico porque no hay meseros, así que te ahorras las mentadas de madre cuando les haces señas y no te voltean a ver, ahí llegas, tocas una pantalla, eliges tu pizza, pasta o lo que te ruja la tripa, y te dan un aparatito que vibra más que el mejor amigo de tu tía Carlotita. Cuando tu orden está lista, pasas a recoger tu comida a la barra como si fueras parte de una coreografía perfectamente ensayada.
Pedí una Prosciutto E Fungi, osea una pizza de mozzarella, jamón italiano, champiñones y aceite de albahaca por 13 euros, que estaba ¡oh la la!
Dresde no es una ciudad de fiesta ni de excesos, es una ciudad de detalles. Todo está cuidado: las calles, las flores, los edificios, hasta el silencio parece tener educación.
Lo chido:
El mural de Dresde es gratuito, casi eterno y te deja con la boca abierta.
La ciudad mezcla lo clásico con lo moderno sin perder estilo.
Es limpia, segura y perfectamente caminable.
Se come bien y las chelas no fallan.
Lo gacho
Si no reservas hospedaje con tiempo, los precios suben feo.
No todos los locales hablan inglés fluido (aunque te ayudan de buena gana).
A las 9 de la noche todo cierra, y el silencio te recuerda que no estás en Berlín.
Luego les cuento de otros lugares chidos que pueden visitar en Dresde, mientras les dejo la página web del restaurant para que se den un quemón.
https://www.vapiano.de/de/pasta/dresden-juedenhof
Video del mural da click aquí:
Redacción: Jonathan J.N.
