Uruapan, Michoacán, México

Budapest: la ciudad que se siente antes de entenderse

Entre Buda y Pest: una ciudad que ya lo vio todo

Hay ciudades que te explican todo con letreros, mapas y audio guías… y hay otras que no te dicen nada, pero te transmiten todo. Budapest no es una ciudad que se entiende rápido pero que te envuelve desde el primer instante.

Hay que aclarar que la ciudad de Budapest está conformada por las antiguas ciudades de Buda y Pest, que la neta bien pendejamente no sé por qué pensé que en algún momento me iba a topar con la estatua de un Buda así, todo chingón, de bronce, bien brilloso y sonriente como lo ve uno en las fotos, con la barriga de fuera, y aplicar la frase de “sóbale la panza al Buda” para que cayera más money, pero después de andar buscándolo como tres horas supe que ahí en Hungría, la palabra “buda” significa “agua”, y que no había ninguna estatua. Jajaja. Bueno… al menos no la que yo buscaba. Hasta ese momento todo lo que conocía de aquellos lugares era una película mal grabada que clandestinamente me roló un compa de la prepa llamada Noches de vicio en Budapest.

Buda y Pest: dos ciudades, un destino

Bueno, les decía: estas ciudades estuvieron separadas hasta 1873, dando origen al nombre actual de Budapest, y aunque están divididas por el río Danubio, ya están destinadas a estar unidas para siempre por el Puente de las Cadenas, el cual tiene las estatuas de cuatro leones guardianes que, según la leyenda, van a despertar para defender la ciudad si algún día se ve amenazada. Supongo que cuando fue la Segunda Guerra Mundial tenían mucho sueño los cabrones… porque nunca despertaron.

Vista al puente de las cadenas en Budapest

La vista desde el Castillo de Buda: cuando la ciudad te habla sin palabras

Eran como las diez de la mañana cuando subí al castillo de Buda. Hacía un solazo de la madre y, a mis 42 años, seguía desobedeciéndole a mi mamá de ponerme bloqueador. Ya estando en la cima me acerqué a uno de sus miradores. Había algo de gente, así que traté de alejarme un poco del tumulto. Me recargué en un balcón y de pronto entendí que no estaba viendo una postal: estaba viendo una ciudad que ya lo vio todo. Imperios, guerras, invasiones, revoluciones… y aun así sigue de pie, hermosa y silenciosa. Budapest es una ciudad que respira historia, un misterio muy cabrón y una elegancia rara, de esas que se sienten como ñañaras en el estómago, como cuando estás en la cima de un edificio y volteas hacia abajo. Si pudiera describirla mejor, diría que es como un sueño lúcido: sabes que estás soñando, y aun así sientes que todo puede pasar.

Maravillosa vista del parlamento de Budapest


El aire frío pegaba en mi rostro como cachetada de niña de secundaria, y aunque no era invierno, esos ventarrones me decían: “papi, estás en Europa; aquí puede llover, salir el sol, hacer frío y después un calorón… todo en menos de quince minutos”. Al observar el río Danubio a lo lejos parecía que ni se movía; sin embargo, es pesado, sigiloso, con una fuerza de monstruo que carga siglos encima y en el fondo los restos y la memoria intacta de los judíos que fueron asesinados y arrojados al agua durante la guerra.

Las cicatrices en el suelo: Budapest no olvida

Caminando por las calles empecé a notar detalles que me dejaron frío, pero también pensativo. En las banquetas hay placas pequeñas incrustadas en el piso, afuera de los domicilios de donde sacaron a la fuerza a gente inocente. Son cuadritos de bronce, discretos llamados "Stolpersteine" que para quien no conoce la historia pueden pasar desapercibidos. Me topé con la placa de una tal HAASZ ÁGNES, nacida en 1933 y muerta en 1945 en el campo de concentración de Ravensbrück. Y otra: HAASZ JENONÉ, nacida en 1907, también muerta en 1945. Supongo que era su madre. Doce años tenía la niña cuando le arrebataron la vida. Ahí estaba yo, parado frente al edificio donde un día fueron felices.

Placas en el suelo afuera de donde vivían algunos judíos

No es un museo, no es una exposición: es la calle. La vida. El presente caminando encima del pasado. Budapest hace eso: te muestra su belleza… pero también te obliga a ver sus cicatrices. Y se siente fuerte, porque no es pasado muerto: sigue ahí. Y si caminas unas cuadras hacia el río, las plaquitas del suelo se transforman en algo más. Ahí, a unos metros del Danubio, no hay nombres grabados en bronce. Hay 60 pares de zapatos de hierro apuntando al agua. Tampoco hay explicaciones, no hay museo. Solo zapatos vacíos. Zapatos de hombre, de mujer, de niños asesinados. El río se llevó los cuerpos mientras los zapatos se quedaron atrás.

Son dos formas de recordar, pero la misma pinche lección: aquí pasó algo que no puede volver a pasar. Y Budapest no te deja olvidarlo, así camines sobre bronce o sobre hierro.

Redacción Jonathan J.N.
Chécate un video de Budapest aquí:

Puedes visitar también el post del monumento a los judíos en Berlín.

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