El monumento que no dice nada y aun así lo grita todo
Berlín tiene esa manía de mezclar lo moderno con lo que todavía duele. Puedes estar comiéndote un kebab, escuchando un rap callejero, viendo infinidad de gente con vestuarios multiculturales y a la vuelta encontrarte con un pedazo de historia que te cala. Así llegué al Monumento a los judíos de Europa asesinados, y sí, les juro que nunca un lugar tan callado había gritado tanto.
Son 2711 bloques de concreto, todos grises, todos distintos, como si cada uno contara una historia que ya no se puede poner en palabras. A simple vista me pareció una obra moderna, pero en cuanto comencé a dar algunos pasos entre esas columnas, el suelo se hundió y las paredes me abrazaron, pero no fue un abrazo cálido, más bien uno solitario y frio. Los bloques representan el encierro que sintieron los prisioneros en los campos de concentración, ese ahogo sin rejas, ese miedo que no se ve, pero se siente.
Son 2711 bloques de concreto, todos grises, todos distintos, como si cada uno contara una historia que ya no se puede poner en palabras. A simple vista me pareció una obra moderna, pero en cuanto comencé a dar algunos pasos entre esas columnas, el suelo se hundió y las paredes me abrazaron, pero no fue un abrazo cálido, más bien uno solitario y frio. Los bloques representan el encierro que sintieron los prisioneros en los campos de concentración, ese ahogo sin rejas, ese miedo que no se ve, pero se siente.
Ahí adentro, el sonido se apaga, la gente empieza hablando bajito, y luego sin querer guarda silencio, te pierdes entre las sombras que se van generando mientras avanzas y por un momento sientes la infinidad, como si nunca fueras a salir de ahí, es como si la esperanza se esfumara, y entiendes lo que ningún libro de historia puede explicarte. Me metí en mi momento, por que sí, es lo que me gusta hacer cuando viajo, sentirme parte de; puse las manos en un muro y cerré los ojos por un rato, me recargué en otro bloque pensando en que mi nombre en ese momento no era Jon, sino Hans Schneider.
El contraste brutal: el Muro de Berlín y este muro gris
Después de haber estado en el ahora colorido Muro de Berlín, o lo que queda de él, lleno de grafitis, murales y ese famoso beso que todos van a ver, el monumento a los judíos en Berlín se siente como un mix de Jagermeister con un bombazo de red bull, por un lado un muro que hoy inspira libertad y por el otro, estos muros grises que recuerdan la represión, el miedo y la pérdida de esperanza, un contraste brutal, mareador, permanente mientras te encuentras inmerso, y uno entiende que al final, los muros no solo separan territorios, también historias, vidas y futuros.
Brezel, hambre y reflexión: Berlín nunca deja sin
carbohidratos
La neta me empezó a dar hambre (porque hasta la reflexión cansa, banda), me lancé a buscar un Brezel, ese pan alemán en forma de lazo, mitad salado, mitad “te va a dejar la boca seca como castigo por pensar tanto”. Ahí estaba yo, parado en una esquina, masticando historia, pan y recuerdos que nunca viví, pero que podía mentalizaros. Berlín me había revolcado las emociones, pero al menos no me dejó sin carbohidratos.
Recuerdo que cuando volví a ver el cielo, el aire me supo distinto, Berlín tiene eso: te enfrenta con lo peor del pasado, pero te invita a mirar el presente con otros ojos. Y sí, puedes tomarte una foto (como todos), pero no se trata de salir bien… se trata de recordar por qué estás ahí.
Recuerdo que cuando volví a ver el cielo, el aire me supo distinto, Berlín tiene eso: te enfrenta con lo peor del pasado, pero te invita a mirar el presente con otros ojos. Y sí, puedes tomarte una foto (como todos), pero no se trata de salir bien… se trata de recordar por qué estás ahí.
Lo chido y lo gacho del Monumento
Lo chido
- Es un lugar que te sacude sin decir una palabra.
- Está en pleno centro, a unos pasos de la Puerta de Brandeburgo.
- Caminar entre los bloques es una experiencia que no se parece a nada.
- Es gratuito y abierto las 24 horas, lo cual le da una fuerza todavía mayor.
- Está en pleno centro, a unos pasos de la Puerta de Brandeburgo.
- Caminar entre los bloques es una experiencia que no se parece a nada.
- Es gratuito y abierto las 24 horas, lo cual le da una fuerza todavía mayor.
Lo gacho
- Siempre hay quien no respeta el lugar y se toma fotos “creativas” encima de los muros.
- En invierno el frío cala machín.
- No hay señalización dentro, y eso te puede desorientar (aunque justo de eso va la experiencia).
- En invierno el frío cala machín.
- No hay señalización dentro, y eso te puede desorientar (aunque justo de eso va la experiencia).
Mejor fecha para ir a Berlín
De abril a octubre.
El clima es más amable, y la luz del atardecer proyecta sombras que hacen que el monumento cobre vida.
Caminarlo al atardecer es sentir cómo el día se apaga igual que la esperanza de miles de personas.
- De noviembre a febrero.
Entre la nieve y el viento, es más difícil recorrerlo, aunque el frío le da un toque simbólico.
El clima es más amable, y la luz del atardecer proyecta sombras que hacen que el monumento cobre vida.
Caminarlo al atardecer es sentir cómo el día se apaga igual que la esperanza de miles de personas.
- De noviembre a febrero.
Entre la nieve y el viento, es más difícil recorrerlo, aunque el frío le da un toque simbólico.
Recomendaciones para visitar el Monumento
- No vayas con prisa, este lugar se recorre con respeto.
- Guarda silencio, cada bloque merece eso.
- Lleva abrigo, porque el viento frio se cuela en cada bloque.
- No mires el monumento a los judíos en Berlín solo como una atracción turística: debajo está el Museo del Holocausto, y vale cada minuto.
- Si puedes, date un respiro después con una Krombacher o dale a una cafetería cercana; Berlín siempre te devuelve el alma con una chela o un café fuerte y un pastel raro pero sabroso.
Redacción Jonathan J.N.
